Se trata de un problema puro de convivencia. Durante el invierno cada miembro de la pareja hace su vida, todo está muy estipulado, los roles en la familia están muy marcados, los fines de semana cada uno tiene sus hobbies, quedan a cenar en grupo, etc. De esta forma, las parejas en crisis ni siquiera se dan cuenta de que lo están durante el año.

En verano, en cambio, la convivencia pasa del cero al cien, no hay herramientas para saber convivir. A esto se une que se ponen en las vacaciones muchas expectativas, sin darnos cuenta de que debe haber un periodo de tránsito, de transición para adaptarnos. La consecuencia es que hay mucha frustración por parte de ambas personas porque es cuando se enfrentan cara a cara, conviven y no se gustan.

Yo creo que, durante el invierno, solo “miras” a tu pareja. En el verano, hay más tiempo para en vez de mirarse, “verse”. Y no nos sabemos reconocer. Solo nos miramos en la gestión de la convivencia, y nos ponemos muchos peros y hacemos muchos reproches. No nos relacionamos de una manera adulta, realmente haciendo el esfuerzo de “ver” al otro.

Vivimos en un mundo compulsivo de consumismo. Consumimos en verano también un exceso de planes que nos hace alejarnos del “ser” que tiene el ser humano que tenemos al lado. Hemos de aprender a estar simplemente con el otro. Conocerle y darnos a conocer. El confinamiento nos debería de haber enseñado a priorizar y a valorar lo que tenemos, observando más lo que sí tenemos y no lo que nos falta.

Nunca diré que una separación es liberadora, porque separarse con un conflicto es escapar de algo que no sabemos gestionar y, desde mi punto de vista, las consecuencias de los divorcios son devastadoras. Soy de la filosofía del respeto al vínculo siempre en parejas normalizadas, y de que antes de tomar la separación como un elemento liberador, debería hacerse un ejercicio de visión, es decir, poner a las personas que se quieren separar en la tesitura de verse en un futuro próximo, para que vean realmente cómo sería. En parejas con hijos, casi nada va a mejor. Y luego vienen los duelos patológicos debido a que en ningún momento las personas que se iban a separar han hecho este ejercicio de visión y se han visto en las primeras Navidades y vacaciones sin sus hijos, con custodias compartidas, etc.  sin darse cuenta, quizá, de que la relación con la expareja seguirá existiendo de por vida. La separación es de una convivencia, pero no del conflicto, y éste incluso irá a peor. Es importante un análisis de visión, preguntarnos ¿cómo estaríamos separados? ¿cómo nos sentiríamos sin los hijos, si el otro está con otra pareja? ¿Realmente está todo perdido? ¿Podemos pedir ayuda? ¿Hacer una terapia on line? ¿Investigar por nuestra cuenta qué herramientas podemos empezar a desarrollar?

En las parejas con hijos, además, otro conflicto importante tras una ruptura es la autoridad con los hijos. En las familias cuyos padres no tienen complicidad ni el mismo sistema de valores, se ejerce la “autoridad cruzada”, es decir, que cada progenitor opina y da unas normas diferentes. Y precisamente el verano es un período en el que se necesitan muchas normas, que además van surgiendo sobre la marcha por la falta de rutina. Por ello, la gestión de los hijos careciendo de un sistema de autoridad igualado y prevaleciendo la autoridad cruzada es una fuente continua de conflicto y frustración que debe observarse y trabajarse mucho.

Un aspecto destacable es la frivolidad con que se rompen las parejas cuando en realidad la familia es el núcleo de referencia más importante en nuestra sociedad. Cuando una pareja empieza a tener conflicto, se apela a la herramienta de la separación como único instrumento. En el conflicto con el resto de las relaciones sociales (ya sean fraternales, laborales, amistosas o incluso vecinales) se barajan más soluciones para que sean reconducidas. Sin embargo, en las relaciones de pareja se asocia inmediatamente el conflicto a la separación, cuando la solución no está ahí, sino más bien en recuperar el vínculo, siempre que se pueda.

Es muy importante el tema de las expectativas, tanto las de uno con respecto al otro, como viceversa. El verano puede ser un buen momento para hacer un ejercicio llamado “identidad pública” o hacer un pequeño taller de “convivencia” con un profesional o tener la intención de estudiar los dos juntos aspectos del desarrollo personal que desconocen.

La convivencia tiene mucho ver con la comunicación y ésta, con la conversación y esta última, a su vez, con la escucha activa, así como con la comunicación no violenta.

Es decir, todo esto son herramientas que, si no las estudiamos, de forma innata es muy difícil que las sepamos y las podamos utilizar.

Dentro de la comunicación, hay un ejercicio que es saber dar y recibir feedback por el que se pide a la pareja enumerar tres fortalezas que cree que son beneficiosas tanto para ella y como para el otro, con ejemplos y también exponer tres áreas de mejora (no defectos) que considera que sería conveniente señalar, trabajar y vigilar por el otro, con ejemplos también. Este ejercicio se puede hacer en familia o en pareja, pero siempre con el compromiso de que es un feedback, por el que se da las gracias, y ni se tiene que justificar ni se polemiza. También puede hacerse pidiendo a 6-8 personas del entorno colaboración en este trabajo de desarrollo personal para mejora en la pareja.

Es eminentemente sorprendente ver cómo todos, sin acuerdo previo, coinciden al enumerar tus fortalezas y áreas de mejora. Sorprende además que tu pareja también coincida con el resto en señalar las mismas áreas de mejora, por lo que ya no lo tomas como un juicio o crítica de tu pareja. Y eso es un gran regalo porque muestra el área ciega que todos tenemos, para poder mejorar. Y eso es precisamente lo bueno, saber que tenemos áreas ciegas porque muchas personas ni saben que las tienen.

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