Según los últimos estudios sobre salud mental, los casos de trastorno por ansiedad han aumentado sobre todo en este último año y medio. Las cifras señalan que el 65% de la población tiene síntomas de ansiedad, entre los que se destacan trastornos del sueño, aislamiento social, miedo e incluso cuadros de depresión. A esto se añade sintomatología de estrés postraumático a consecuencia de la pandemia, donde el 80% del personal sanitario presenta respuestas de ansiedad, en este porcentaje se incluyen también las personas que han padecido la enfermedad.

Dentro de la sintomatología ansiógena, el miedo a sufrir la enfermedad (Covid19) y el miedo a contagiar a otros han sido unos de los principales factores. Otros estudios afirman que 9 de cada 10 personas han sufrido trastorno por estrés, cuando antes del 2020 las cifras ascendían a 4 de cada 10.

La SEAS (Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés) apuntaba que antes del 2020 la incidencia de la ansiedad en España era mucho menor. Los cuadros por ansiedad parece que aumentaban en la población menor a 45 años, habiendo más incidencia en las mujeres que en los hombres. Dentro de los porcentajes de los dos últimos años, las personas mayores han sufrido mucha ansiedad por el aislamiento y también los jóvenes han padecido trastornos de ansiedad por fobia, como claustrofobia y el aislamiento social.

La ansiedad es un trastorno psicológico que altera las tres áreas del ser humano: el pensamiento, la emoción y la conducta, afectando lo que conocemos como estructura de coherencia. Hay niveles mínimos de ansiedad que son adaptativos y necesarios, nos permiten alertarnos de esta manera ante situaciones de tensión o peligros. Sin embargo, cuando estos síntomas adquieren altos niveles en intensidad, frecuencia y duración, se habla ya de trastorno por ansiedad.

Se puede prevenir haciéndonos conscientes de que hay una parte en nosotros llamada inteligencia emocional que no solo no podemos obviar, sino que tenemos la responsabilidad de desarrollarla. Esto lleva a que tengamos una actitud para auto registrar nuestro estado de ánimo de manera frecuente desarrollando así un nivel básico de auto observación de nuestro estado de ánimo. Tanto la herramienta de auto registro como la de auto observación llevan a tener una aptitud para el control de la ansiedad muy poderosa llamada autogestión.

Observando nuestro cuerpo y los síntomas físicos que tenemos. La aceleración del pulso, dolor en el pecho, palpitaciones e incluso temblores constituyen el conjunto de sintomatología fisiológica más frecuente. Una sintomatología que, mantenida en el tiempo, con cierto nivel de intensidad y frecuencia, es un cuadro por ansiedad. De la misma manera, ante de la presencia de estos síntomas hemos de observar qué emociones y sentimientos son los que los disparan. Emociones como el miedo, la tristeza, la ira, sentimientos de desbordamiento, frustración, angustia profunda, agotamiento físico y emocional son la antesala de los síntomas físicos.

Es decir, que los anteceden. Una vez detectadas las emociones hemos de saber que estas se producen a consecuencia de los pensamientos que tengamos ante ciertos contextos. Estos pensamientos constituyen nuestro llamado sistema de creencias, que tiende a ser limitante cuando ya hemos alcanzado un cierto nivel de ansiedad. Creencias sobre el perfeccionismo, la necesidad de ser aceptado por los demás, la tendencia a tener pensamientos extremos de blanco o negro, la exigencia, etc, son distorsiones cognitivas que son las base y foco de los trastornos de ansiedad.

La herramienta para modificar estos pensamientos se llama reestructuración cognitiva, consistente en modificar estas ideas limitantes para convertirlas en pensamientos más positivos y que nos ayuden a tener otro tipo de emociones más adaptativas. Es decir, que pensamientos positivos llevan a sentimientos o emociones positivas y éstos a conductas positivas. Esta es la principal herramienta para poder prevenir la ansiedad.

Un cuadro de ansiedad prolongada en el tiempo puede acarrear lo que llamamos ataque de pánico, que es una situación de angustia extrema a consecuencia de una hiperventilación, esto es: aumento del oxígeno en sangre. El individuo al tener la sensación de ahogo respira más rápidamente y coge más oxígeno del que debiese, llevando al mareo y pérdida total del conocimiento. Cuando uan persona ya tiene un ataque de pánico, entra en un círculo vicioso que lo llamamos trastorno del miedo al miedo, en el que se empieza a paralizar ante un montón de situaciones que le recuerdan a ese episodio que tuvo en su momento. Cuando esto ocurre, el paciente comienza a vivir su vida cotidiana con miedo excesivo, pudiendo darse los trastornos por evitación, contaminando la normalidad total de su vida cotidiana. Llevado al extremo, la ansiedad no tratada acarrea también trastornos por fobia, entre las que destacan: fobia social, fobia laboral, claustrofobia y agorafobia, donde la persona se encuentra paralizada e incluso susceptible de bajas por enfermedad.

El caso extremo de un cuadro por ansiedad y fobia sin tratamiento puede llevar a la ansiedad generalizada, que es la angustia en todos los contextos de su vida y llevado todo al máximo extremo, un trastorno de ansiedad sin tratar puede desencadenar un cuadro de trastorno obsesivo-compulsivo, lo que comúnmente conocemos como TOC, y también deriva en cuadros de depresión crónica e incluso en cuadros de trastorno de personalidad.

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