La vida es cíclica. Nos enseña que de manera continua, rotamos entre vivencias que se convierten en experiencias. Este es el aprendizaje: aceptar lo que acontece en cada momento.

El síndrome del “nido vacío” viene caracterizado por un conjunto de emociones y sentimientos como consecuencia del momento en que los hijos comienzan a dejar de vivir en el núcleo familiar.

Un maremoto de sensaciones encontradas se suceden en esta situación, ya que por una parte, el hecho de que un hijo se independice es sinónimo de un desarrollo alcanzado como individuo, como resultado de una buena gestión llena de esfuerzos familiares y de días a días plagados de objetivos, mucho esfuerzo y trabajo por parte de todos.

Estudios recientes indican que este síndrome es más frecuente que lo sufran las madres, como un símbolo relacionado con que el cordón umbilical tardase en cortarse, y se viviese esta situación como un desgarro del vínculo afectivo.

Los padres, por el contrario, bajo ese halo que su rol a veces les exige, protagonizan el papel de protección a la familia, e intentan jugar un papel más objetivo para que estas situaciones no se conviertan en un drama.

¿Cuáles son los síntomas?

  • Generalmente tiene que ver con el SENTIMIENTO DE SOLEDAD. En la etapa de crianza de los hijos suele producirse mucha energía para la “gestión” de los asuntos cotidianos: cuidados constantes por la corta edad de los hijos, colegios, actividades extraescolares, amigos, pediatras… y un día a día agotador en el que a veces no tomamos consciencia de nuestras emociones. Cuando el hijo sale de casa, se produce un momento de “pausa” en el que nos damos cuenta de que el tiempo ha pasado y se nos ha ido de las manos muchos momentos en los que nos hubiese gustado disfrutarlos más y mejor.
  • Esta sensación se mezcla con el SENTIMIENTO DE CULPA. Un hijo sale del hogar y comenzamos a replantearnos lo que hemos hecho bien y lo que no hemos hecho tan bien. En definitiva, podemos entrar en una espiral de círculo vicioso de pensamientos distorsionados porque el vacío que sentimos, ligados a la tristeza, puede hacernos replantearnos nuestras funciones de manera tóxica para con nosotros mismos como padres.
  • El SENTIMIENTO DE VACÍO EMOCIONAL es otra sensación que el nido vacío nos “regala”, pudiéndose mezclar con el “hueco” físico que dejan cuando se van.

Dejamos de ser objetivos, ya que nuestros hijos, en condiciones normales, y dentro de una familia funcional, se cambian de lugar, no dejan de querernos. Sin embargo, hay muchos padres que lo viven como una pérdida de su propia identidad; “sin mi hijo, no voy a poder vivir”, idea que está directamente relacionada con el nivel de sobreprotección que han dado a su prole.

  • EL SENTIMIENTO DE DEPENDENCIA juega otro papel importante en este síndrome. Podemos llegar a vivir la marcha de un hijo con la angustia y ansiedad que producen las relaciones excedidas de apego emocional, y sentirlo como un duelo, con todas y cada una de sus fases:

Fase de shock, en la que tardamos en ser conscientes de su marcha y puede llegar a producirnos un bloqueo emocional e intelectual durante un tiempo,

Fase de negación, durante la que nos convertimos en verdaderos expertos en evitar hacernos cargo de la situación y hablar de ella y auto conversar con nosotros mismos.

Fase de depresión, donde nos conectamos de manera extrema con lo que hemos considerado una “pérdida” más que una etapa de transición.

Fase de aceptación, en la que de casi de manera autómata, este tipo de padres dependientes emocionales no tienen otra opción de aceptar. Si es que lo aceptan.

Tips para afrontar el síndrome del nido vacío

1.- El llamado “pesimismo defensivo” puede ser una herramienta. El anticiparse y prepararse para estos momentos, actúa como mecanismo de defensa y previene todos los síntomas de tristeza, vacío, soledad….

2.- Aprender a gestionar el miedo. En muchas ocasiones, los padres no quieren ni tan siquiera pensar que ese “trágico” momento vaya a suceder. Puede darse el temor moderado, porque no es una situación fácil, pero hemos de saber parar para que no se convierta en terror.

3.- Aprender a dar libertad a los hijos desde pequeños. Está comprobado que unos hijos educados en la independencia y autonomía tienen un mejor desarrollo emocional e intelectual. Bajo este paradigma, los padres normalizarán este momento como una situación de distancia física y no de despedida definitiva.

4.- Aprender y ser conscientes de que los hijos son individuos únicos, y no una proyección de nosotros como padres. Si desde pequeños les educamos y nos educamos desde esta perspectiva, estaremos preparados para darles el valor de la autonomía.

5.-Como padres, tenemos la obligación de priorizarles y no tenemos ningún derecho a acapararles. Es una distinción que marca la diferencia entre unos padres que viven la marcha de un hijo como un regalo, con serenidad, frente q otros que lo exceden y lo interpretan como un drama o castigo.

6.- Ser muy conscientes de que son vidas diferentes, que se están dando ciclos distintos, y que tan solo se está cumpliendo el curso natural de la vida, de la naturaleza animal y de necesidades sociales lógicas, ya que estamos “programados” para cumplir unas etapas que vienen dadas desde generaciones anteriores.

7.- Gestionar nuestra propia independencia e identidad. Además de padres, somos personas. Muchos padres pierden sus referencias con los hijos: abandonan su propia vida por la de ellos, generando relaciones de dependencia, donde los hijos se convierten en una adicción. En este caso, la marcha de estos se asemeja al síndrome de abstinencia que provoca la ausencia de las drogas.

8.- Reforzar nuestro papel de adultos es otra herramienta. Un hijo es siempre merecedor del sentido común de unos padres que eternamente tiene la obligación de ser un punto de referencia sano y saludable. No es el hijo el que tiene que “cuidar” el cómo un padre va a interiorizar la noticia de su marcha, sino que, por el contrario, es el padre el que ha de generar el contexto adecuado para normalizar esta situación.

9.- Ponernos en su lugar. Recordar que no hace mucho, o sí, fuimos también individuos jóvenes, en la línea de salida del umbral de la puerta paterna. ¿Qué hicieron nuestros padres cuando nosotros nos fuimos? ¿Lo normalizaron? ¿Lo boicotearon? ¿Lo dramatizaron? ¿Nos hicieron sentir con culpa? ¿O con libertad?

Reflexionemos para no repetir patrones de comportamientos inadecuados y seamos facilitadores de salud mental.

10.-Khalil Gibran, poeta, filósofo y artista libanés, nos da una lección con su sabiduría:

“Tus hijos no son tus hijos,

son hijos e hijas de la vida,

deseosa de sí misma.

No vienen de ti,

sino a través de ti,

y aunque estén contigo,

no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos,

pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas,

porque ellos

viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar,

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerles semejantes a ti,

porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas,

son lanzados.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero,

sea para la felicidad.”

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