Nos pasamos el año soñando con el verano, haciendo planes, de viaje, de descanso, de dedicar tiempo al deporte, a la familia, “tomar una paella” con los amigos…

Las ilusiones nos ayudan a sobrellevar los malos ratos del trabajo, el frío, y este año especialmente, debido a la situación pandémica.

Pero, ¿cómo nos benefician una vez que las estamos cumpliendo, in situ, dando por hecho que hemos conseguido lo que pensábamos, el lugar del viaje, la compañía, el curso o hobbie deseado?¿Qué beneficios nos aporta física y psíquicamente esa sensación de logro?

La ilusión, por definición, es “una esperanza, con o sin fundamento real, de lograr o de que suceda algo que se anhela o se persigue y, que conseguirlo, nos resulta especialmente atractivo…”

Estamos llenos de actividades que nos suponen un coste tanto físico, psicológico, moral e incluso económico. Este coste se llama esfuerzo. Es algo intrínseco en el ser humano cuando nos enfrentamos a ejecutar algo, a hacer alguna actividad. Incluso el vivir ya requiere en sí un tesón mínimo para llevar a cabo de la mejor manera esta aventura que es la vida.

Cuando Pávlov jugaba a experimentar con el perro y la campana para regalarnos el concepto de aprendizaje, nos enseñaba a asociar los estímulos, de tal manera que gran cantidad de estos terminaban teniendo relación entre ellos, por lo que el día uno de agosto estaría ya siempre condicionado a playa, campo y vacaciones de verano.

Nuestro año laboral es especialmente largo. Los tiempos vacacionales están condicionados con el descanso tras la fatiga. Es humanamente lógico entonces que condicionemos el esfuerzo con el trabajo, y el descanso con todo aquello que esté fuera de una oficina o del cuarto de la lavadora y plancha.

Sin embargo, hay un matiz en esto de ilusionarse, ya que el concepto de expectativa es una sombra que lo persigue. No olvidemos que ilusión viene del latín “ilusio”…, iluso…, por lo que una cosa es la esperanza de que realmente nuestros sueños se acerquen, y otra es que se cumplan acercándose a la manera que esperábamos.

Imaginemos la situación en la que todas las ilusiones puestas en nuestras vacaciones se van logrando día a día…

El efecto de primacía es aquella sensación que percibimos cuando tocamos lo novedoso de una situación. La carga de premio, de refuerzo, es inmensamente intensa…, el aporte de alegría que nos favorece la dopamina es alta…, y la plenitud de felicidad es real, por tener el permiso de soltar responsabilidades diarias, y por pasar a un estado de recompensa por el esfuerzo cotidiano.

Aun así dependerá de cómo interpretamos cada uno la realidad que nos rodea, para hacer una valoración de nuestros logros alcanzados cuando tocamos la orilla del mar con los pies descalzos.

Nuestros pensamientos son distintos dependiendo del estilo que tengamos para utilizar el lenguaje y contarnos nuestras propias historias. Puede ser entonces que en ocasiones dure poco esta sensación de premio y de novedad, porque nos acostumbremos enseguida a las vacaciones y estas supongan también un esfuerzo.

Por esto, la autoestima cumple un papel fundamental a la hora de enfrentarnos con el momento del disfrute; la autoestima, esa entidad que rodea nuestra manera de autodefinirnos, y que consta de tres patas importantes que la sostienen:

La pata del YO SÉ

Alcanzar un logro es el resultado de un ejercicio de visión. Durante el presente de nuestro esfuerzo, hemos puesto la atención en un futuro a corto, medio o largo plazo, por lo que el foco ha estado posicionado en una situación concreta, y toda nuestra concentración se ha condensado para conseguirla. A lo largo de nuestra vida, aprendemos por las consecuencias, y casi todos estamos enseñados a repetir las conductas o dejarlas de hacer en función del resultado o desenlace que hemos alcanzado.

La idea de “yo sí que sé hacerlo y lo he conseguido” refuerza nuestra imagen de nosotros mismos porque nos topa con nuestras competencias positivas y nuestras capacidades que nos han permitido alcanzar estos logros.

La pata del “YO PUEDO”

Conseguir una meta y un logro de descanso psicológicamente también nos auto refuerza ya que una vez más la opinión sobre nuestras propias aptitudes es positiva. La mejora del estado emocional en estas situaciones es evidente: los horarios se relajan, el tiempo se alarga, la conexión con la naturaleza beneficia psíquica y físicamente, y una vez más relacionamos estos momentos de descanso como “premio” a nuestro esfuerzo.

El cambio de ambiente aporta también cambio de realidades. Ante situaciones distintas aportamos pensamientos diferentes. Los pensamientos laborales están relacionados con “hacer cosas”, frente a los de “no hacer nada” o los de “hacer cosas en calma”, que nos permite hacer un vaciado de nuestra psiquis.

Está comprobado que si las vacaciones son sinónimo de alcanzar un logro, esta situación hace que disminuya la hormona responsable del estrés; el cortisol en sangre comienza a alcanzar niveles adecuados para empezar a tener sensaciones de más tranquilidad.

La pata del “YO ME LO MEREZCO”

Alcanzar nuestras metas deseadas está directamente relacionado con la idea de que no todo en la vida tiene por qué ser difícil. Poder llegar a alcanzar la idea de ser merecedores de situaciones placenteras aparentemente es algo fácil pero no es así.

El llamado “síndrome del impostor” nos persigue haciéndonos dudar de nuestras capacidades para aceptar que podemos ser agasajados con premios merecidos. Es casi obligado asociar el regalo del tiempo libre y de actividades de diversión como consecuencia de nuestro trabajo, sea de la índole que sea, y con la frecuencia, intensidad y duración que acontezcan.

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