Si la cara es el espejo del alma, el cuerpo es la armadura que nos protege de nuestro interior, a la vez que es nuestra carta física de presentación al mundo.

Si bien al mirarnos al espejo, se proyecta nuestra propia silueta de una manera real, la imagen corporal que cada uno tiene de sí mismo, depende de las “gafas” que nos pongamos para verlo.

La imagen corporal es el conjunto de pensamientos y emociones que tenemos sobre nuestro cuerpo. Lo que hagamos con este conjunto mixto, el cómo cuidemos esas opiniones, será causa y consecuencia de nuestra conducta con respecto a nosotros mismos y a los demás.

¿Qué somos?

Somos seres humanos. Esta pregunta se responde con las hipótesis que genera la filosofía respecto a esto: El ser humano es un individuo, es una “unidad indivisible de alma y espíritu, con una mente que funciona de manera racional, con la que puede utilizar la conciencia que le permite tener unas normas morales para sí mismo y para relacionarse con los demás, aparte de estar dotado también de la consciencia de tener conciencia y cuerpo.

La mente facilita que podamos utilizar la reflexión sobre nuestra propia existencia, y desde ahí, meter en este saco de interpretaciones todo lo relacionado con la idea que tenemos sobre todo lo que tenga que ver con nuestra corporalidad. Somos imagen corporal, por lo tanto, también.

La OMS responde al preguntarla ¿qué somos? con la respuesta de que el ser humano es una mezcla de psiquis, biología y socialización, con una dotación de raciocinio, lo cual nos diferencia de otros animales.

¿Cómo somos?

Somos individuos consecuencia de una parte intelectual que forman nuestras ideas, creencias y pensamientos, una segunda parte con emociones, y una tercera que la constituye nuestro cuerpo físico o corporalidad.

Somos seres humanos dotados también de una “personalidad”.

La personalidad es nuestro “edificio” construido para albergar toda nuestra psiquis, toda nuestra entidad psicológica. La psiquis es nuestra organización interior, que nos permite que actuemos de una determinada manera a lo largo de nuestra vida.

La personalidad, por lo tanto, constituye el “cómo somos”, el “mix” explosivo de actitudes que tenemos, así como de ideas sobre nosotros mismos y el entorno, los sentimientos que nos vamos fabricando desde que tenemos uso de razón, y de todas las conductas observables que llevamos a cabo.

¿Qué es el pensar sobre nosotros mismos?

“Pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá esa sea la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen”

Henry Ford

Aquí ya viene una muestra de lo que es la propia individualidad del ser humano. Lo que pensamos que somos es el conjunto de nuestras propias ideas, creencias, opiniones sobre nuestro propio ser y nuestra propia existencia.

Para ello, aparte de nuestro mundo de lenguaje interno que facilita nuestro pensar, el ser humano ha de utilizar la percepción, que es una función mediante la cual nuestro cerebro interpreta todo un mundo de sensaciones que nos provoca todo aquello con lo que nos relacionamos, con el fin de poder reconocer y reconocerse en el entorno, en nuestra realidad física.

El “solo sé que no sé nada” de Sócrates se quedaría corto para explicar, por lo tanto, el cómo domar a la percepción para que nos facilite poder llevar nuestra imagen corporal lo más dignamente posible para vivir con la mayor coherencia y salud mental.

¿Tendemos a tener de nosotros mismos una imagen negativa o positiva?

En el momento en el que comenzamos a hablar de autoimagen, de manera casi automática, hablamos de autoestima, ya que ésta se define como “la capacidad de reconocer quienes somos y utilizar esta visión de un modo sano y funcional”. A mayor autoestima, mejor autoimagen corporal. Por el contrario, una autoestima dañada, es la responsable a tanta crítica a nuestro cuerpo.

Estamos de manera constante “mirando” las partes que constituyen nuestro ser humano, tanto las mentales como las corporales, y en ocasiones, lejos de aceptarlas tal y como son, las ponemos a prueba, y en el peor de los casos, incluso las rechazamos.

Tendemos a ser perfeccionistas, exigentes, sin saber mucho el porqué lo hacemos, ya que si nos parásemos a pensar, veríamos que la vida es más fácil siendo más sencillos en todo.

Los parámetros sociales de “belleza” son eso, parámetros. No es la realidad, sin embargo, aceptamos sin más esas medidas de belleza extrema, por lo que tendemos a tener una imagen negativa de nosotros mismos en mayor porcentaje con respecto a los que muy pocos sí están agradecidos con lo que tienen y no se someten a la tortura de la imposición de lo perfecto.

Factores influyen en la imagen que tenemos de nosotros mismos

1. Influye la educación y el medio en el que hemos nacido. El estilo con el que observamos que nuestros padres manejaban el hablar sobre sí mismos contribuye a tener un diseño con mayor o menor exigencia de nuestra autoimagen. Unos padres que se han basado en la crítica constante a nuestro cuerpo y manera de ser y de comportarnos han podido ser en parte altamente responsables del cómo nosotros manejamos la idea que tenemos de nosotros mismos.

Por otra parte, unos progenitores que atribuían el valor a unos hijos simplemente por el propio valor de su individualidad, han generado que éstos tuviesen un desarrollo personal mucho más sano y una inteligencia emocional más completa.

2. Los factores genéticos también son condicionantes, con respecto a “heredar” aquellas personalidades que tienden más a vislumbrar la realidad de manera objetiva y práctica, frente a otras donde existe una manera de pensamiento más distorsionado.

3. El uso de “distorsiones cognitivas” como punto de referencia para identificarnos con nuestra autoimagen es devastador; compararnos con los demás, por ejemplo, es una trampa para nuestra autoestima, no solo porque saldremos mejor o peor parados, sino por el mero hecho de utilizar la comparación como vara de medir.

4. Nuestra identidad pública nos va a alimentar un autoconcepto positivo o negativo. Lo que proyectemos en los demás, la imagen pública que tengamos…, los halagos o críticas…, contribuyen a ser un pilar para nuestra autoconfianza. Una persona con un histórico social positivo va a andar por la vida con más seguridad frente a otros que solo ha escuchado censuras y ha estado sometido a examen de manera continua. Y encima, han suspendido.

5. Los roles sociales son también factores que refuerzan de manera positiva o negativa nuestra autoimagen. Desempeños laborales de alto prestigio, condición social y económica elevada, parece que están en relación con un mayor autoconcepto y autoestima, aunque no deja de ser otra trampa social por convertirnos en corredores de maratones de autoexigencia.

6. La identificación con nosotros mismos es el factor más importante que hace depender una buena autoimagen de una negativa. Ser capaz de lidiar con la educación recibida, los factores sociales, las opiniones distorsionadas y el largo etcétera de los factores que nos influyen, contribuyen a “hablarnos” a nosotros mismos desde la objetividad, con el fin de comprender que no tanto estar en el porqué nos autoevaluamos con tanta rigidez, sino el para qué lo hacemos y qué utilidad tiene.

En definitiva, depende de la “edad” de nuestra percepción y de nuestra actitud y aptitud para tener un lenguaje positivo sobre nosotros mismos.

La edad mental lucha contra el tiempo de la edad cronológica. Hay personas con mucha edad que se perciben más jóvenes de lo que son, y al mirarse en el espejo o en fotografías no se reconocen… su mentalidad y la manera de interpretar el mundo y los acontecimientos de manera optimista les ha llevado a la eterna juventud.

Estudios recientes de la Universidad de Waterloo, Canadá, afirman que está comprobado “que las personas mayores tienen más dificultades que las personas más jóvenes para distinguir el orden con que ocurren los acontecimientos en el tiempo, ya que con la edad se distorsiona el procesamiento de la información, sobre todo el concepto del tiempo”.

Con respecto a la percepción de nuestra autoimagen, el propio deseo de “parar” la edad en la que estamos cuando pasamos de los cincuenta puede que nos haga estar comprometidos con el autocuidado, retrasemos el envejecimiento y realmente tengamos la percepción de tener menos edad.

Por el contrario, el niño juega a ser mayor desde que empieza a adquirir su propia autonomía, ya que el deseo de entrar en el mundo adulto le seduce como para sentirse con más edad de la que tiene, y percibirse más adulto.

Perseguir una propia identidad hace que el joven quiera conseguir su independencia de la manera más rápida posible, por lo que su autoimagen se va a ver distorsionada y se va a percibir con más edad de la que realmente tiene. Aún así, las emociones de los más jóvenes son mucho más maduras de lo que creemos. Es lógico entonces que se perciban con aspecto más maduro.

Además, solemos percibir los cambios de manera más contundente en los demás. Esto tiene que ver con nuestra autopercepción interna. Las personas más satisfechas con su imagen corporal tienen una autoestima más alta, resistente a observar y observarse el paso de los años en su propio cuerpo.

Existe la percepción subjetiva que es la que nos atribuimos a nosotros mismos para tener una autoimagen frente a la percepción objetiva que es la que utilizamos para observar a los demás.

Desde esta premisa, influye por lo tanto el tiempo que pasa desde que vemos a alguien de nuestra misma edad hasta que le volvemos a ver. El envejecimiento es evidente y lo percibimos tal y como es. Sin embargo, la cotidianeidad con la que nos relacionamos con nosotros mismos nos impide observar los cambios.

Responde a la tendencia generalizada del miedo a envejecer, ya que lo asociamos con la muerte o el final de nuestra vida. Esto es una preocupación constante en nuestra existencia. Al observar al otro envejeciendo, depositamos todo nuestro miedo en forma de proyección hacia esa otra persona.

“Si el otro es el que envejece, y no nosotros, entonces podemos quedarnos tranquilos”.

Es como si domásemos a nuestra percepción y la “manipulásemos” para dirigirla de acuerdo a nuestras necesidades en ese momento.

Distorsionamos nuestra percepción de manera casi inconsciente como mecanismo de defensa para no encontrarnos con la consciencia de una realidad que duele, la del envejecimiento.

Responde a patrones sociales, donde nos enseñan a asociar lo joven con la belleza y el paso de los años como algo negativo y menos atractivo.

La percepción de vernos más jóvenes regula el cómo nos dirigimos a nosotros mismos, el tipo de conversaciones internas que nos decimos, lo que lleva a tener una actitud más optimista y con ello consecuencias más positivas en nuestra vida.

El sentirnos más jóvenes de lo que somos, nos hace actuar “como si de verdad fuésemos más jóvenes de lo que somos”, por lo que estaremos seguros de proyectar esa imagen en los demás, y nos reforzará nuestra autoestima porque creeremos que la percepción social sobre nuestra imagen será positiva.

Aún así, la aceptación de la realidad es la principal crema antienvejecimiento. Que nos enfrentemos al paso del tiempo con una actitud más objetiva favorece nuestra salud mental. Teniendo en cuenta que el autoconcepto no solo tiene que ver con la imagen corporal, desarrollar la inteligencia emocional para tener un desarrollo psicológico que nos permita relativizar la importancia de lo corporal, nos permite completarnos como personas con el fin de desarrollar más nuestra formación intelectual y emocional, cosa que permite la aceptación de la realidad y la gestión de la frustración.

La percepción es la función mágica del ser humano. Tenemos una percepción propia de nuestra propia percepción, por lo que el concepto de realidad en ocasiones es un concepto abstracto.

Parece ser que es nuestra mente la que se proyecta sobre las cosas, dando forma a la llamada realidad, y con ella, a las formas.

Un desarrollo de la personalidad y un autoconocimiento sobre nosotros mismos puede llevarnos a aceptarnos tal y como somos, tal y como nos perciben los demás y, sobre todo, una excelencia en reconocer nuestras fortalezas y nuestras áreas de mejora, es decir, nuestras áreas ciegas que son susceptibles de mejora.

Un enemigo del aprendizaje es pensar que ya no podemos aprender más y que nos lo sabemos todo y somos impermeables.

Sin embargo, el cerebro tiene plasticidad, que es la capacidad de modificar y mejorar todas aquellas funciones psicológicas y emocionales que nos lleven a aceptarnos tal cual somos.

Los espejos son como la conciencia. Uno se ve allí como es, y como no es, pues quien se ve en lo profundo del espejo trata de disimular sus fealdades y arreglarlas para parecer a gusto

M. A. Asturias

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