Si bien Narciso se ahogó en sus propias aguas, anonadado por la imagen que reflejaba el espejo de su egocentrismo, lo que no sabía era que por la otra parte contraria del espejo estaba su otra manera, su otro ser, a modo de síndrome de falsa modestia, denominado síndrome del impostor, caracterizado por la incapacidad de aceptar los logros y los éxitos propios.

El Síndrome del Impostor tiene que ver con todo lo relacionado con el éxito, en el sentido, de que mostrarse ganador en la carrera de la vida no es sinónimo de suerte. Detrás de eso halo de alfombra roja, se halla una gimkana de esfuerzo, de dificultades, incluso de lucha constante contra la inseguridad y la autoestima.

La persona con Síndrome del Impostor se cree eso, un tramposo, un falsario, alguien que no tiene las competencias suficientes de mantenerse en su puesto de trabajo, en su familia, en la pareja que forma, en su grupo de amigos. Viven con la culpa de estar estafando de manera continua, ya que tienen una distorsión cognitiva: la de minimizar sus éxitos.

Ellis y Beck, padres de la Psicología cognitiva, hicieron un estudio con una muestra amplia de población que estaba de baja laboral, presentando síntomas de depresión, angustia y ansiedad. Observaron sus conductas, emociones, y algo que no se había estudiado hasta entonces: sus pensamientos. Después de recopilar muchísimas ideas de estas personas que se sentían mal, llegaron a sintetizarlas en pensamientos irracionales y distorsiones cognitivas. Una de estas últimas que estudiaron y que descubrieron fue la minimización de sus propios logros y la magnificación de los fracasos y, por otra parte, la minimización de los fracasos de los demás y la magnificación de los éxitos ajenos. Por ello, en definitiva el Síndrome del Impostor podría definirse en síntesis como una distorsión cognitiva por la que se minimizan los éxitos propios.

Este síndrome no solo se da en el trabajo, también se da en el área académica, de la amistad, en la forma de vida, e incluso en la pareja. Tiene que ver con dos ideas fundamentales. Una de ellas: el perfeccionismo, ya que el “impostor” lo que no sabe es que se merece que su esfuerzo, sus valores, su forma de sembrar en la vida, sea proporcional al éxito que ha conseguido en ella. La segunda: la atribución a causas externas. Él impostor no es consciente de ser él mismo el que ha conseguido los logros de su vida, lo atribuye a la suerte, al destino o incluso a las decisiones de otras personas.

EL PERFIL DEL IMPOSTOR

Las personas que sufren el Síndrome del Impostor poseen un sesgo psico-emocional a la hora de interpretar la realidad, basado en la distorsión cognitiva mencionada anteriormente: la minimización de sus propios éxitos. Es una persona que se ve con falta de capacidades. Tiene una visión distorsionada de la realidad, que no concuerda con los hechos. El “Impostor” considera que está inmerso en una mentira social. Al considerarse ineficaz, cree que no es merecedor de un salario elevado, de un reconocimiento social, de una buena pareja, unos hijos que le quieran, o muchos amigos que lo valoren. Ya que está continuamente atribuyendo todo estos a golpes de suerte y su propia autoestima no le deja atribuírselos ni asignárselos.

TIPOS DE IMPOSTORES

Según estudios psicológicos científicamente probados, hay diferentes tipologías del Síndrome del Impostor, según sus características.

Uno de los tipos de “impostores” recae en personas con altas capacidades o superdotadas, quienes tienen también la distorsión cognitiva de considerar el esfuerzo como un sinónimo de no ser lo suficientemente inteligentes. Por lo que, en el ámbito laboral, ellos consideran que no se merecen el puesto de trabajo exitoso que representan. Su razonamiento es: “Si tengo que trabajar duro, entonces no tengo las suficientes capacidades, por lo que no me merezco este puesto”.

Otro rasgo es el impostor independiente, cuyo perfil se caracteriza por la idea irracional de asociar el éxito laboral con ser autosuficiente y no necesitar la ayuda de nadie, ni delegar en nadie parte del trabajo. Este perfil considera que pedir ayuda es una debilidad, que debería poder hacerlo todo solo y si no es así, cree que no debe estar lo suficientemente preparado para que le paguen por ese trabajo, ni que le reconozcan por sus éxitos.

El impostor exigente es otra tipología caracterizada por la búsqueda continua de exigencia total a él mismo y a los demás. Este tipo de personas suelen duplicar el volumen de trabajo, superar las horas de trabajo pactadas, trabajar incluso los fines de semana, durante las vacaciones… Ellos piensan que no son merecedores de un sueldo cumpliendo el horario que marca su contrato, ya que esto lo consideran como un fraude. Necesitan engordar siempre el tiempo y no tener fin en su trabajo para merecerse el salario y el éxito.

El impostor experto sería otro perfil de este síndrome, caracterizado por considerar que no merece su puesto laboral o el éxito por el hecho de no valorar la experiencia obtenida hasta el momento. Todo aquello que va aprendiendo sobre la marcha en su puesto de trabajo, lo considera motivo suficiente como para poder ser despedido y no ser merecedor del mismo. “Lo que sabe” él piensa que es fruto de su inexperiencia, por lo que no cree ameritar el puesto o el éxito.

Por último, el impostor perfeccionista es aquel que busca el control absolutamente de todo, tratando de evitar que exista el más mínimo margen de error. El fallo no lo contempla y confundirse, tampoco. La ansiedad que esto produce le aleja de su foco: sus competencias laborales y, por el contrario, está del lado del fantasma de la perfección, que ya sabemos que no existe.

TIPS PARA CONTROLAR EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR

  1. Tomar consciencia del síndrome. Informarnos, identificarlo y reconocer la responsabilidad para modificarlo.

  2. Aprender a auto registrar los pensamientos que nos llevan a creer que no somos merecedores de nuestros éxitos. Esto conlleva a auto observarlos y auto gestionarlos. Con esto se pararía “la radio interior” que a todo volumen nos dice que no nos merecemos el éxito que tenemos en nuestra vida en todos los contextos. De esta forma, los pensamientos alternativos a éstos suben el volumen.

  3. Vigilar la autoestima. Si somos exitosos en cualquier ámbito de nuestra vida es porque sabemos hacerlo y podemos hacerlo. Tenemos competencias, tenemos habilidades. Hay que empezar a trabajar el concepto de “nos lo merecemos”, que no solamente es la suerte o el destino, sino que quizá sea la recompensa a todos nuestros esfuerzos.

  4. Trabajar el concepto de la auto confianza. No es otra cosa que la sinceridad con uno mismo. Reconocer que realmente tenemos habilidades para recoger recompensas y preguntarnos por nuestro histórico de vida: ¿realmente nuestros éxitos en la vida son consecuencia de la “buena suerte”?

  5. Contrastar nuestras opiniones con las de los demás. Preguntarles tres fortalezas nuestras a amigos o familiares que nos conozcan bien, para darnos cuenta de que casi todos van a opinar lo mismo, es casi mágico.

  6. Esforzarnos por “soportar” las críticas positivas. Parece extendido que solo cuesta recibir críticas negativas, pero lo cierto es que a las personas con Síndrome del Impostor le cuesta admitir las críticas positivas por su incapacidad por aceptar “lo bueno”. Es por ello por lo que tenemos que aprender a no justificarnos, no quitarnos importancia para afrontar los juicios positivos sobre nosotros.

  7. Trabajar el concepto de la comparación porque hace que tengamos una vara de medir con muchas trampas. Hay que aprender a trabajar desde la propia individualidad, no desde la de los otros.

  8. Trabajar el concepto de la duda sobre nosotros mismos. Tratar de evitar seguir sospechando sobre nuestros propios esfuerzos, valores o competencias y no poner en tela de juicio lo que ya sabemos que hacemos bien. Focalizarnos, en cambio, en las áreas de mejora.

  9. Mantener a raya el perfeccionismo. Si buscamos siempre hacerlo todo de manera perfecta, es una expectativa inalcanzable. Siempre habrá algún error. Debemos probar a buscar mejor la excelencia en todo lo que hacemos, frente a la exigencia.

  10. Buscar ayuda psico-terapéutica. Si se identifica el síndrome, lo mejor es buscar un buen psicólogo para tratar de salir de trastorno. Igual nos merecemos “el descanso del guerrero”.
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