Cuando ya por nuestra edad no tenemos el pretexto de pedir que nos dejen una luz encendida para poder dormir, las sombras de nuestra habitación dejan de convertirse en presuntos monstruos, y aparece el concepto del miedo, no tenemos más remedio que afrontarlo y comenzar a hablar de él.  Como decía Marie Curie: “Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender”.

Enfrentarse al miedo es ardua tarea. Es estar en desigualdad de condiciones. Afrontarlo entonces, es la mejor de las opciones.

¿QUÉ ES EL MIEDO?

Lo primero es saber a qué nos enfrentamos. El miedo es una de las emociones más primarias que tiene el ser humano. Viene intrínseco a nuestra estructura de personalidad. Entendemos por emociones primarias aquellas “sensaciones” que traemos ya en nuestra mochila simplemente por el hecho de nacer. Vienen adheridas a nosotros en nuestros genes, son innatas y no son buenas ni malas, son solo eso: emociones primarias, entre las que reconocemos la tristeza, la alegría, la ira, la sorpresa, la aversión o rechazo y la más temida de todas, el gigante más poderoso, que es el miedo.

El miedo no es una emoción negativa, aunque la mayoría de las personas luche por aniquilarla. Es tan solo otra emoción más a la que saber lidiar y mantener en equilibrio, para que junto a las otras emociones, logremos mantener una coherencia en nuestra manera de comportarnos ante las situaciones que nos rodean cada día y que aparecen en modo de estímulos.

El miedo es esa emoción que está relacionada con nuestro instinto de protección. Nos permite poner en marcha nuestras alertas para poder defendernos ante cualquier tipo de peligro. Si la tendencia natural del ser humano es el instinto de supervivencia, vamos a utilizar el miedo como arma arrojadiza para que no nos ocurra nada que implique un riesgo para nosotros.

Está demostrado por muchos autores y expertos en el tema, que las sensaciones físicas y psicológicas que provocan la emoción del miedo, son intensas y consideradas por muchos como francamente irritantes e incómodas. Algunos estudios afirman que el miedo es “la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior”, por lo que sentir taquicardias, sudoración excesiva, paralización corporal, además de bloqueo mental, sensación de pérdida de control e indefensión psicológica, generalmente provoca rechazo. Por lo tanto, a veces, lo que nos da miedo son las sensaciones que provoca el miedo, no el miedo en sí.

¿CÓMO CONTROLAR EL MIEDO?

Al miedo no hay que controlarlo. Al miedo hay que darle una lección para que se deje gestionar y sea obediente ante nuestras herramientas para adaptarnos a él.

La propia idea de “control” sobre el miedo es una expectativa muy difícil de alcanzar, además de poco práctica e irracional. Parece ser que lo que lo que se “resiste, persiste”, por ello, lo ideal es seguir los siguientes pasos.

1. Aprendamos a distinguir lo que es un miedo racional y un miedo irracional.

El miedo racional, también llamado miedo funcional es una emoción de protección. Es lícito y lógico que sintamos esta sensación cuando hay un hecho que nos indica que puede aparece un peligro inminente; un accidente, un atentado, un robo, un atraco…son situaciones extremas con una carga de estimulación muy intensa, y nuestro cuerpo y mente reacciona con temor porque realmente son hechos amenazantes.

También son miedos racionales o funcionales los que tenemos cuando sentimos las “señales” de que algo amenazante puedes sucedernos. Tenemos asociadas al miedo muchísimas situaciones peligrosas a las que nuestro instinto nos prepara para defendernos, anticipándonos con tiempo para que sepamos reaccionar y proteger nuestra vida.

Por el contrario, los miedos irracionales o disfuncionales son una exageración en la respuesta que damos ante algunos estímulos, algunos peligrosos, pero otros no tanto. Son las llamadas fobias, caracterizadas por ser un “trastorno de ansiedad, con la característica de un temor extremo hacia algo que representa poco o ningún peligro real”.

Un perro, por ejemplo, puede generarnos temor ya que conocemos hechos acerca de que algunos son peligrosos. No poder salir a la calle por miedo a encontrarnos con un perro, ya es una fobia.

Tener miedo por lo tanto, en muchas ocasiones tiene sentido. Tener una fobia no, ya que nos suma poco aunque como siempre, hemos de ser cuidadosos con nosotros mismos, aceptarnos, y después, pedir ayuda profesional.

2. Para vencer el miedo, más que rechazarlo, tenemos primero que “hacernos su amigo”.

Esto significa la aceptación íntegra de esta emoción. Muchas personas sienten agresividad consigo mismas por tener este tipo de emociones, convirtiendo entonces este sentimiento en un circo de tres pistas. Él o ella, el miedo y el rechazo hacia el miedo, llevándolas a una lucha constante contra ellas, entrando en la llamada disonancia cognitiva, una especie de “dos personalidades” en una, una lucha de titanes que desgasta más que el propio miedo. Aceptar es empezar, y si hay resistencias a esta aceptación, nos saltamos el primer paso.

El miedo no es un “monstruo” que nos persigue, es una emoción que se elabora dentro de nosotros, por lo que la gestión es nuestra, no de él, y desarrollar el ser conscientes de lo que nos está ocurriendo es una de las herramientas.

Distinguir de qué emoción se trata, cómo se llama, por qué aparece, y sobre todo, para qué aparece. No olvidemos que nada de lo que nos ocurre es gratuito. Parece ser que estamos en un continuo aprendizaje, que todo son lecciones, por lo que la mayoría de las vivencias siempre nos quieren decir algo, ya que aprendemos por “ensayo y error”.

La meditación es una herramienta para la gestión de los miedos en particular y las emociones en general. Una vez más, lo que se resiste persiste. Si somos capaces de no tener miedo al miedo, lo dejaremos “estar” con nosotros, nos dará pistas sobre nosotros mismos, y después, le decimos adiós. Una vez más, nosotros tenemos las riendas de nuestras emociones y la capacidad de decisión para encaminarlas y saber qué hacer con ellas.

3. No evitar el miedo

Los miedos, tanto los racionales como los irracionales, tienen tanto poder de sensación “desagradable” en cuanto a las reacciones físicas y psicológicas que nos provocan, que tendemos a evitarlos, dándose así el proceso de refuerzo.

Es decir, al tomar la tangente frente al miedo, le evitamos a corto plazo, pero no a largo plazo. Las respuestas de evitación son trampas que nos trampean, y lejos de ayudarnos a gestionar el miedo, pueden hacer incluso que lo generalicemos, es decir que extendamos un miedo a muchos más, y nos convirtamos en coleccionistas de temores. Si tenemos miedo al futuro, evitar pensar en los porqués de ese miedo, desmenuzarlo, y trabajarlo, refuerza la posibilidad de seguir teniéndolo. Tener fobia al avión y evitar volar, nos puede reforzar negativamente, y hacer que comencemos no solo a dejar de viajar, sino a evitar viajar en barco, en coche, en metro y en autobús.

En psicoterapia, se trabajan las técnicas de afrontamiento, que consisten en ir de a poco, acercándonos a estos estímulos tan temidos con el fin de ir familiarizándonos con nuestro proceso.

4. Meditación y relajación, armas poderosas frente al miedo

Dicen que estar con miedo y estar relajado al mismo tiempo son dos cosas incompatibles, por lo que los temores extremos o no tan extremos se trabajan al mismo tiempo para comprobar “quien gana”. Incluso hay estudios que indican que las técnicas de relajación y meditación, tienen más poder en nosotros que el propio miedo, por lo que puede ser un arma letal para estos.

Imaginar los miedos y las sensaciones que nos producen al mismo tiempo que estamos relajados reviviendo que estamos en una playa desierta, no es posible. Afortunadamente, parece que gana lo “bueno”. Las reacciones psicológicas y físicas al imaginar estímulos positivos, anulan de a poco a las reacciones de aversión que provoca el miedo. Entrenarnos en meditación y tener esta práctica como hábito en nuestras vidas, sí que es un seguro de vida.

5. Hay dos tipos de miedo: el miedo propiamente dicho y el miedo al propio miedo.

Imaginemos que nos provoca angustia viajar en avión. Seguro que infinidad de veces, sin tener herramientas, hemos tenido que volar con terror; los preparativos al viaje, el imaginar lo que nos espera, subir al avión, el despegue, las turbulencias…y un sinfín de detalles que tan solo en imaginación ya son una pesadilla. Recordemos todos los síntomas que sufrimos durante el viaje: son infinitos.

Cuando volvamos a viajar en avión, recordaremos entonces toda la presión a la que nos vimos sometidos en ese viaje y las consecuencias que tuvimos. Eso es el miedo al miedo, el temor desbordante a tener que vivir esos síntomas, no al hecho de volar en avión.

En definitiva, el miedo es a veces un guardaespaldas y otras veces un gran enemigo. Depende del tipo de emoción y de las consecuencias que nos regale.

En conclusión, tener miedo es humano, y depende de cómo lo interpretemos, así será su gestión del mismo. No nos juzguemos por sentirlo. A veces nuestra autoestima se ve dañada por ello. Nos criticamos a nosotros mismos por padecerlo, considerándonos menos capaces o habilidosos frente a las personas que creemos que no lo sufren, y frente a nuestra opinión sobre nuestra autoimagen y la imagen pública o provocada en los demás.

Tener miedo puede ser una reacción temporal frente a la multitud de sucesos que nos acontecen. Si aprendemos a reconsiderarlo, y reconsiderarlo de manera neutra, sin juicos, el miedo tan solo es una emoción más. Pongamos a prueba nuestra confianza, y que realmente sucedan los hechos que deseamos.

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