Ser capaces de identificar y comprender nuestros complejos es una herramienta psicológica que nos puede ayudar mucho en nuestra vida, y, sobre todo, va contribuir a conocernos a nosotros mismos, ya que sobre los complejos construimos nuestra personalidad.

QUÉ SON REALMENTE

Coloquialmente alguien “acomplejado” se define como aquella persona que no se siente satisfecha con algunos aspectos de su persona, los rechaza y entra en conflicto con ella misma. Generalmente, esos aspectos físicos o psicológicos de esta persona, su belleza o ausencia de esta, sus capacidades intelectuales, dones y virtudes o sus áreas de mejora o fallos personales. Esos aspectos los somete a juicio. Si el juicio resulta favorable, esa persona estará satisfecha en general consigo misma. El problema está cuando sale desfavorable, ya que comenzará una guerra interna con esas partes físicas y psicológicas que no le gusten de sí mismo y entrará en conflicto interno y, a veces también, con los demás.

CÓMO SE FORMAN

Muchos psicólogos opinan que las vivencias que hemos tenido en el pasado forman el conjunto de lo que somos. Si estas experiencias las hemos vivido como positivas, seremos personas más seguras de nosotras mismas y menos acomplejadas. Si, por el contrario, hemos tenido vivencias estresantes o negativas, se puede dar el “mecanismo de desplazamiento”, es decir, extrapolarlas a aspectos propios que nos pueden hacer sentir acomplejados por algo.

Al provenir de las experiencias vividas, los complejos tienen que ver con el pasado y la infancia. Una familia bien estructurada, con el desarrollo emocional adecuado, sabrá que jamás se juzga a un hijo, se le exige de una forma exagerada y menos aún se dan opiniones extremas sobre los aspectos físicos o intelectuales de estos. Por supuesto, no se insulta ni se ponen etiquetas. De esta forma, la autoestima se desarrollará como uno de los principales puntos de referencia para vivir sin estar acomplejado. En ocasiones los complejos de los padres, los heredan los hijos. Hay que tener mucho cuidado con los juicios que se hacen de los hijos y delante de ellos.

TIPOS DE COMPLEJOS

En general los complejos se pueden clasificar en tres tipos. Los físicos agrupan todas aquellas ideas, que generalmente son irracionales, acerca de nuestro aspecto corporal y que llevadas al extremo dan lugar a distorsiones de la percepción. Incluso pueden derivar en la dismorfofobia, es decir, percibir de forma totalmente errónea e irracional algún aspecto concreto de nuestro cuerpo. Esto, a su vez, llevado al extremo, puede conllevar trastornos de alimentación y el consiguiente trastorno por Anorexia. Los complejos físicos también pueden acarrear comportamientos como el de ser más solitarios, respuestas de evitación (no querer ir a los sitios o ver a personas) o incluso depresión.

Los complejos psicológicos, en cambio, van más relacionados con la opinión que tenemos sobre nuestra inteligencia, psique, sistema cognitivo o psicológico. De ahí, puede derivarse el hecho de cuestionarse y “creerse menos” por tener un nivel de estudios inferior o unas habilidades intelectuales sin desarrollar. Para la creación de estos complejos suele darse una minimización de nuestras fortalezas y una magnificación de nuestras carencias.

Por último, los complejos sociales se atribuyen a todas las ideas que tenemos de nosotros mismos en relación con los demás. En este caso los factores que los desencadenan pueden venir por el nivel social, económico, profesional, de origen, etc. Estos complejos surgen, sobre todo, por comparación.

LOS MÁS CONOCIDOS

Entre los complejos más comunes se encuentran el Complejo de Superioridad e Inferioridad, que en el primer caso aparece para tratar de enmascarar la propia inseguridad, creando el mecanismo de defensa de una falsa máscara de superioridad e hiper valoración de uno mismo. Por el contrario, el de Inferioridad supone una sensación de “ser menos” que los demás, generalmente debido al desamparo y desinterés sufrido en la infancia.

También según la relación que se haya tenido con los progenitores, se da el famoso Complejo de Edipo, que surge cuando un hijo varón acapara todo el cariño y atención de la madre, y no del padre; o el de Electra, que al contrario que el anterior, se origina cuando la hija opta y recibe la atención y el cariño del padre.

También hay complejos que se apropian de nombres de personajes de cuento como el de Peter Pan, que se da en aquellas personas incapaces de aceptar responsabilidades acordes a la madurez de su edad biológica o el de Cenicienta que se produce en mujeres cuyo único objetivo en la vida es encontrar un marido que haga que se sienta segura y que cuide de ella, renunciando a su independencia.

Por último, el complejo de castración surge cuando un niño vive la fantasía de ser castrado por su padre como consecuencia de la competencia por la exclusividad de la madre.

LO PRIMERO ES RECONOCERLOS

Para poder superar los complejos, lo fundamental es tener equilibrada nuestra parte de pensamientos, ideas y creencias; nuestra parte de emociones, sentimientos, sensaciones; y la parte corporal, la más práctica, que engloba nuestras conductas, reacciones y respuestas. Si tenemos desarrolladas estas áreas, tendremos menos posibilidades de atender selectivamente a una ellas, sacar sus defectos y, por tanto, derivarlos en complejos. Nuestro objetivo siempre es conseguir una estructura de coherencia en nuestra personalidad.

Una habilidad es el compromiso con el desarrollo emocional, que nos va a permitir ser conscientes de lo que sentimos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. Sin este desarrollo, puede que ni siquiera seamos conscientes de que tenemos un complejo y esto “contamina” el resto de nuestra vida.

Las ideas que hemos tenido de pequeño de “ser perfectos”, algo que tiene que ver con la exigencia, nos lleva a tener un nivel de alerta muchísimo mayor y cuando vemos que algo no está perfectamente adecuado tanto en lo físico, como emocional o psicológico, entonces nos empezamos a obsesionar y a compararnos con los demás. La comparación debe mantenerse a rajatabla. Somos individuos únicos y cuando dejamos de compararnos, dejamos de encontrarnos mal.

QUERERSE Y CREERSE CAPAZ

En definitiva, la gestión de los complejos tiene que ver con la autoestima. Son tres ideas que debemos tener bien desarrolladas: “Yo sí que puedo”, “Yo sí que sé” y

“Yo sí que me lo merezco” (quizá la más importante).

Reconocer el complejo y desear superarlo son dos pasos iniciales imprescindibles.

Otros “mantras” que debemos imponernos es buscar siempre el lado positivo de las cosas, potenciar las propias virtudes y ser realistas. Si aceptamos lo que somos y tenemos y somos conscientes de hasta dónde podemos llegar podremos superar los complejos que tengamos. Además, resulta muy positivo ponernos pequeños retos y metas accesibles para reforzar nuestra autoestima.

Por supuesto, no todos los complejos se superan de la misma manera. Si un complejo supera los niveles objetivos y afecta a nuestra vida diaria y la forma de relacionarnos con los demás, se recomienda buscar la ayuda de un profesional que pueda orientar, por medio de sesiones de psicoterapia, a superarlos.

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