El pesimismo y el optimismo son los dos polos de un continuo, las dos caras de una misma moneda, dos formas diferentes de reacción ante una misma situación.

Freud ya se adelantaba, como en casi todo, afirmando que el ser humano estaba dotado de cierta predisposición genética hacia un mínimo optimismo, de tal manera que así se pudiese garantizar la supervivencia de la especie. Pareciera como que el ser optimistas nos dotase de cierta energía necesaria para afrontar y enfrentar la vida con mayor probabilidad de éxito y bienestar.

Pero de igual manera que el blanco y el negro son dos colores opuestos de la paleta de colores y no por ello ninguno de los dos es mejor que el otro, el optimismo no tiene por qué estar ligado a enjuiciarlo como positivo, y el pesimismo condenarlo a lo negativo. Ser demasiado optimista muchas veces linda con la ausencia de realidad, con la ausencia de madurez y de perspectiva, y ser demasiado pesimista roza en muchas ocasiones el carácter derrotista y tóxico.

Los extremos no son buenos y en el medio estaría la virtud, tal y como nos cuenta el refranero español.

¿Qué son el pesimismo y el optimismo en líneas generales?

Tanto el optimismo como el pesimismo, cuando son rasgos de personalidad totalmente estructurados y fabricados de hormigón armado, dan forma a nuestro “SER”, siendo optimistas o pesimistas por naturaleza y manteniéndonos en esta estructura para el resto de nuestra vida.

Por el contrario, pueden ser “estados” de reacción, de conducta, de carácter, lo que significa que a veces actuamos de manera optimista y, en otras ocasiones, actuamos como almas en pena, deambulado por esa cuerda floja de los escenarios como equilibristas a punto de caerse sin red de seguridad. Esta manera de ser capaz de dosificar el optimismo o el pesimismo, está relacionada con nuestro “hacer”.

Ser pesimista u optimista no se elige. “Lo que sí se elige es decidir actuar con pesimismo u optimismo dependiendo de la realidad que tenemos delante y de cómo queramos interpretarla”.

Una persona con rasgo pesimista es aquella que tiende a pensar que las cosas no van a salir bien. Están inmersos en un estilo de pensamiento caracterizado por una tendencia innata a poner el “no” por delante. No hay otra posibilidad. “Si el cielo está nublado, aseguran una tormenta inminente al final del día, seguramente sin paraguas, y de vuelta a casa totalmente empapada recién salida de la peluquería”, ejemplifica la psicóloga, para quien su manera de juzgar todo de la peor manera determina su estilo de pensamiento, sus emociones y sus conductas.

Para ellos nuestro mundo es el peor de los mundos a nivel general, y los pequeños detalles cotidianos también nos los describen con quejas, tristeza y una energía a veces muy difícil de entender por los que conviven a su alrededor, que en ocasiones se olvidan de su nombre de pila para bautizarles como “la nube negra” de la familia.

Una persona optimista por el contrario actúa siempre con una predisposición a analizar y comprender la realidad desde los aspectos positivos. Cargadas de confianza, apuestan por el éxito de los acontecimientos que van a suceder. Su día a día se expande con una expectativa positiva, y ponen el foco en que las cosas van a salir bien. Creen en su energía para mover el mundo, creen que tienen posibilidad de éxito si mantienen esa idea de un fluir natural de las cosas. Si algo puede salir bien, ¿por qué no va a salir bien?.

Ambos comportamientos tan diferentes son estilos de personalidad que preparan a las personas para que tengamos una herramienta que haga de mediadora entre los acontecimientos externos de la vida, y la interpretación que hacemos de los mismos.

¿Qué ocurre cuando estos dos conceptos se disparan y se hacen extremos?

Como siempre, una misma realidad, tiene colores diferentes según el color de las gafas que usemos. Si siempre usamos gafas de sol negras, la realidad la observamos con la luz del sol tamizada. Si por el contrario, avanzamos sin ellas, la luz del sol también puede cegarnos.

Desde luego que yo recomiendo ir sin gafas de sol por la noche y sí por la mañana. De la otra forma, no estaríamos siendo coherentes con la realidad y nuestra respuesta a ella. Con gafas de sol negras por la noche no vemos nada (pesimismo extremo), y sin ellas y mirando de frente a un sol y sosteniéndole la mirada, podemos ser cegados (extremo optimismo), indica Guerra.

Una persona optimista llevada al extremo puede alejarse de la realidad. Puede tener mal ajustada la relación que hace entre los hechos y su interpretación. Son los llamados optimistas “hiperactuados”. Ante una situación grave en la que se necesita aceptar que lo es, dan respuestas de evitación y no quieren hablar de ello. Su mal considerado discurso: “es que yo soy muy optimista y no me gusta hablar de cosas negativas”, hace que la comunicación con ellos sea imposible.

Negadores de la realidad y junto con su ser “tan, tan optimista” podrían cuestionar por ejemplo esta realidad de virus mundial en la que estamos inmersos, interpretándola como si todo fuese una exageración, con ideas férreas como la de “que las cifras no son reales y que hay que seguir la vida como si no pasara nada”. Este optimismo casi impostado, hace que estas personas puedan incluso a dar respuestas irresponsables hacia sí mismos y hacia los demás. Maestros de distorsionar la realidad, ponen foco solamente a lo positivo, llegándolo a magnificar de manera extrema, sin coherencia, ya que no tienen en cuenta los aspectos negativos por haberlos minimizado o hecho desaparecer. Podríamos hablar incluso de que este exceso de optimismo estuviese del lado de la ausencia total de empatía; ausencia de capacidad de ponerse en el lugar de la situación seriamente preocupante.

Una persona con un rasgo de personalidad pesimista extrema muy anclado en su estructura como rasgo inamovible, por supuesto que desde el inicio va a dar respuestas muy negativas al presente y futuro de la evolución de este virus. Todos sus pensamientos van a ir en la línea de ideas derrotistas frente a la situación. Va a considerar que no va a poder hacer absolutamente nada al respecto y que todo se va a dejar en la suerte o no de lo que ocurra en el “devenir” ya que su confianza en sí mismos y en el mundo es invisible, y van a atender selectivamente a ver solo los aspectos negativos. La crisis, el paro, los hospitales llenos y un sinfín de realidades serias a las que añade una negatividad mayor aún a la que tiene. Este pesimismo llevado al extremo puede considerarse también otra hiperactuación de la realidad. Estaríamos ante una tendencia a magnificar los hechos negativos y a minimizar los positivos, incluso a no ver nada de luz en nada. Ni tan siquiera en lo neutro.

¿La solución para dar una respuesta adecuada que esté en la media?

Es aquí donde entra el “pesimismo defensivo”, el rasgo o estado de personalidad que dotan algunas personas para mediar entre el optimismo y el pesimismo. Sería como el domador que lidia entre los dos leones de la jaula de un circo.

El pesimismo defensivo está considerado como un mecanismo de defensa. Nuestra mente nos predispone a ponernos en lo “peor”, para estar entrenados y dar una respuesta positiva ante ese suceso negativo. Nos entrena a que nada nos pille por sorpresa. De esta manera, si algo sale mal, ya nos habíamos preparado para ello y el grado de frustración quedaría equilibrado.

El pesimismo defensivo es una buena herramienta para autorregularnos. Desde mi punto de vista pertenece a un estilo de personalidad con mayor conocimiento de desarrollo personal, en la que somos capaces de “elegir” qué pensamiento o interpretación dar en un momento dado, no dejando que la emoción sea la que nos controle, sino que somos nosotros los que vamos a ir tirando de la cuerda de esta emoción para gestionar lo que queremos hacer con ella y cómo”, esclarece la psicóloga, quien establece varios rasgos comunes en los pesimistas defensivos:

  • Son personas que mezclan de manera exquisita el cocktail de la extrema y exagerada ilusión del que todo va a salir bien, con el amargor de la posibilidad de la derrota.

  • Se “ocupan” de lo negativo. De manera inteligente lo miran, lo observan, lo estudian, y lo aceptan. Le dan el valor justo. Han aprendido a darle un valor neutro. Las cosas no son blancas/optimistas, ni negras/pesimistas. Las cosas se pueden interpretar de manera equilibrada, de gris o de otro color. Una cosa es preocuparse, otra ocuparse.

  • El pesimista defensivo “adelanta escenarios negros y pesimistas y se preparan mentalmente para lo peor. De esta manera, saben manejar de una manera altamente eficiente sus ansiedades, ya que al tener bajas expectativas de éxito sobre el resultado final de una situación les entrena para que puedan gestionar cualquier cosa”.

  • EnEl poderpositivo del pensamiento negativo” de los autores J. Norem y N. Cantor, tenemos esta perspectiva novedosa, brillante e inteligente. Ser un poco pesimista sabiendo el por qué elegimos serlo, sería la mejor opción.

  • Según estos autores, la “diferencia entre un pesimista al uso y un pesimista defensivo reside en que éste último es una persona activa, que asume responsabilidades, y en el fondo, tiene esperanza ya que confía en que puede luchar para evitar así sus peores presagios”.

¿Cómo es la personalidad de los pesimistas defensivos?

1. Son personalidades con alto poder de adaptación. Mediante su estilo de pensamiento, llegan a neutralizar los pensamientos negativos. Simplemente dándoles la posibilidad de que ocurran, el impacto cuando ocurren es mucho menor.

2. Su capacidad de gestión de los hechos es superior a la de los pesimistas y optimistas extremos. La manera de enfocar las cosas es más racional. Mandan sobre sus emociones y saben ponerlas a raya cuando el miedo, la incertidumbre y el desasosiego invaden el paisaje. Son ellos los que llevan las riendas del caballo.

3. Tienen mayor capacidad de solucionar problemas. Al ser conocedores de la posibilidad de que las cosas puedan salir mal, se les abre a un abanico de estrategias y planes de acción. Seguro que si aceptan una primera cita, son los que se llevan su propio coche por si tienen que salir corriendo. No es que vayan con pesimismo a ese encuentro, simplemente, no son inocentes y saben que la cita puede ser tan sumamente aburrida que tener un motor en la puerta les puede llevar más lejos que quedarse sentado aguantando a un verborreico sin capacidad de fin.

4. Son personas con más seguridad en sí mismos. Son capaces de sentirse igual de bien ante los éxitos optimistas y los fracasos pesimistas, entre las luces y las sombras. Han aprendido a no bloquearse ante la adversidad, a que nada les pille por sorpresa. Han tomado precauciones poniendo su mente “en lo peor”. Si ocurren hechos devastadores lo más probable es que no tengan que prepararse para ello; ya lo tenían hecho porque ya estaban preparados.

5. Se protegen de la “inocencia” causante a veces de tantas decepciones. Nada de lo humano les es ajeno. De mentes abiertas, se alejan de la ingenuidad y del movimiento “Flower Power Naif”, pero pueden seguir teniendo el “hipismo” como bandera porque en cualquier momento saben que la marihuana no es eterna. Seguramente incluso la que consuman sea simplemente medicinal para atenuar las dolencias.

El Pesimismo defensivo es un arte que nada tiene que ver con la Ansiedad Anticipatoria, dolencia tan estudiada en Psicología Clínica y causante de cuadros de mucha angustia, con el anclaje de “si algo puede llegar a ser atemorizante o amenazante, he de recrearme en la posibilidad de que ocurra, ya que con total seguridad va a ocurrir.” “Esta idea sí que corresponde a personas comprometidas a vivir en el pesimismo más absoluto”, apostilla Pilar Guerra.

El Pesimismo defensivo nada tiene que ver con la tendencia extremadamente exagerada de un optimista patológico que abandera “la vida es maravillosa, los problemas no existen, y es de pesimistas ponerse en lo peor. No hay nada ni nadie que pueda oscurecer mi optimismo, porque llego hasta negar que los problemas existen”. Esta peligrosa idea es un rasgo de las personalidades negadoras, imposibles de convivir en muchos casos, irresponsables de las cosas serias de la vida y Kamikazes de las normas mínimas de convivencia. Son los que suelen decir a una persona con una depresión profunda…”no llores, que hay que pasar página y estás muy pesimista con esta enfermedad por la que estás pasando”.

Por esto y por mucho más, el Pesimismo Defensivo es un arte. Es el arte de la mediación, del equilibrio, del desarrollo personal, de la Autoempatía, que no es otra cosa que el arte de escucharse por dentro para conseguir la tan ansiada estructura de coherencia: mantener a raya nuestros pensamientos, emociones y conducta de la misma manera, como marines en fila, inasequibles al desaliento.

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